El entendimiento entre las personas a veces carece de motivos; es complicado pensar que por unos instantes seamos capaces de percibir si conectaremos o no con otro yo distinto.
El aprecio, el querer el odiar el amar se entremezclen en múltiples reacciones físicas o psíquicas hacia el diferente o el igual.
Pasamos parte de nuestras vidas aceptando a personas que en realidad jamás conoceremos al 100% y nos creemos con derecho a juzgarlas sea cual sea su realidad “a la verdadera realidad” a aquella que nos hace estremecer cuando nos quedamos solos ante nada.
¿Cómo mantener un margen para la aceptación de lo dicho o hecho? ¿Cómo comprender que uno mismo es lo que es y no lo que suponemos?
Las generaciones anteriores o las actuales sin propósito ninguno de entender a un semejante ya sea por su aspecto físico o su color de piel nos empuja a juzgar y sentenciar al diferente solo por no decir o hacer eso para lo que le educaron, eso a lo que llamamos normalidad.
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